Entre Pares 2017

  

En este texto quisiera abordar dos conceptos que me parecen importantes cuando se está tratando de generar nuevo conocimiento, particularmente hablando de la investigación documental; el primero de ellos no es tan sencillo de nombrar, pues habla de la condición que hace que algo forme parte implícita de otra cosa, y no sé si exista alguna palabra, como implicitez o implicitud, para referirse a esa condición. El otro concepto es aún más difícil de nombrar, pues se parece a algunos existentes, como el pensamiento divergente, sin embargo, sus características no coinciden del todo; se trata de esa habilidad o costumbre de, parafraseando a los Thundercats, ver más allá de lo evidente; algunos quizás lo llamen visión, sin embargo, el término puede resultar ambiguo y, por el contexto en el que normalmente se utiliza, referirnos a un concepto completamente diferente.

Ambos conceptos vinieron a mi mente tan sólo como una sospecha, aunque fueron tomando forma después, en el marco del evento Entre Pares 2017, realizado en Ciudad Juárez, Chihuahua, durante la conferencia “Mejores prácticas de integridad académica al momento de redactar una tesis doctoral o disertación”, dictada por la doctora Catalina Londoño Cadavid.

Durante esta charla se abordó mayoritariamente el tema del plagio, algunas de las variantes que existen y la forma en la cual, mediante las herramientas adecuadas, puede detectarse. El énfasis no fue puesto sólo en el profesor que revisa un documento susceptible de ser plagiado, como una tesis, sino también en la persona que elabora un trabajo que debe superar la rigurosidad de una revisión.

“Si utilizas el texto proveniente de otra fuente, debes citarlo” fue una de las principales premisas de la disertación. Y es que la presencia de un texto tomado tal cual de otra fuente no necesariamente significa plagio. Puede ser que forme parte de una cita textual, y se sabe que es completamente válido y, lo que es más, necesario, recurrir a ello para enriquecer un trabajo de investigación. Sin embargo, algo que no fue abordado con la profundidad debida, y que sirve de punto de partida para esos dos conceptos de los que hablaba, fue la cantidad; cuánto texto es válido citar dentro de un trabajo de investigación.
Retomo en este punto los conceptos mencionado al inicio de este texto. A falta de un término inequívoco con el cual referirme a ellos, les llamaré “estar implícito” y “ver más allá”.

Estar implícito

Cualquier actividad que el ser humano desarrolle tiene implícitas condiciones o características que deben cumplirse para que su ejecución sea adecuada, y el resultado derivado de ella sea satisfactorio.
Cuando algo está implícito, no debería tener que explicarse (hacerlo explícito). Por ejemplo, salir de una habitación requiere abrir la puerta, y eso no requiere explicación. Preparar la comida requiere saber cocinar; cortar el cabello requiere saber hacerlo, y creo que difícilmente alguien se atrevería a realizarlo sin tener, por lo menos, la orientación de un tutorial.

Sin embargo, a pesar de la lógica que esto puede tener, en la mayoría de los casos esa condición de ser explícito no es suficiente, sobre todo cuando se habla de las habilidades que el ejecutante de una acción debe poseer. Para aspirar a un trabajo de atención al público parece ser necesario decir de modo explícito que se requiere buen carácter. No es poco frecuente que en un anuncio para una vacante como administrador se especifique que una de las cualidades que se buscan es ser organizado, y como ésos, encontramos muchos casos de características implícitas que parecen necesitar hacerse explícitas.

Pero no es ése el mayor problema. Que alguien quiera asegurarse de que quede claro qué es lo que busca y, con ello, evitar la presencia de candidatos no calificados, es normal y hasta saludable; no lo es el hecho de que existan situaciones y gente que necesiten que se hagan explícitas las condiciones.
El tema que nos interesa es la investigación y las características implícitas de su ejecutante, pero sobre todo, de la actividad.

De acuerdo con una de las acepciones de la Real Academia Española, investigar es “realizar actividades intelectuales y experimentales de modo sistemático con el propósito de aumentar los conocimientos sobre una determinada materia” (Real Academia Española).

Intentaré encontrar en esta definición los elementos implícitos de la actividad:

  • Pensar. Detectable en la frase “realizar actividades intelectuales”.
  • Generar. Detectable en la frase “aumentar los conocimientos”.

Puede haber más, pero éstos son los que me atrevería a decir que no tienen punto de discusión; investigar requiere pensar y generar, en este caso, nuevo conocimiento.
La pregunta obligada es ¿en qué medida un investigador está realizando estas actividades?

Ver más allá

Lo evidente no representa un reto; ir más allá de ello, sí. Hoy en día todos parecen tener una opinión. Las redes sociales lo permiten de modo muy sencillo, ya sea pulsando un ícono con un pulgar levantado, deslizando hacia la derecha o hacia la izquierda u ofreciendo la opción de compartir contenido generado, sabe Dios por quién, como si fuera propio.

Es quizás esa facilidad la que provoca que cada “opinión” emitida tenga tintes sumamente superficiales.

Analicemos la siguiente imagen:

Es altamente probable que la hayamos visto en nuestras redes sociales más de una ocasión. Ésta es una de esas imágenes que, por su mensaje aparentemente profundo y cargado de verdad, suele ser compartido mediante la presión de un ícono. Sin embargo, es pertinente cuestionarse si la persona que ha manifestado su agrado mediante un pulgar levantado o mediante la acción de compartir se tomó el tiempo de ver más allá.

El mensaje carece de sentido.

El sujeto de la oración es el verdadero amor, de modo que lo sustituiremos por “él”. La frase queda “Él perdona. No, señores, él no traiciona”. Entonces es quizás más evidente que en el primer caso él está siendo tratado como víctima, y en el segundo como posible victimario; en otras palabras, como consecuencia y como causa. La disyuntiva planteada inicialmente es si el sujeto perdona; y la conclusión de la idea no resuelve dicha disyuntiva. En todo caso, una mejor estructura sería “Él perdona. No, señores, a él no lo traicionan” (no tiene necesidad de perdonar porque no ha sido traicionado), pero, por supuesto, ésa no es la idea que se quiso transmitir.

Éste es un ejemplo de la ejecución de una acción (compartir, dar like) sin ver más allá, cuya repercusión es mínima, dado que se trata de un ámbito informal en el que el mayor riesgo que existe es el llamado “trolleo”. En materia de investigación existe también cierta tendencia a ejecutar sin analizar, pero allí el problema se magnifica.

Si lo único que queda claro, sin ver más allá, es que la investigación documental requiere consultar obras para construir un documento a partir de ellas, y que para poder usar la información que encontremos debemos citarla, existe un gran problema.

Cuánto citar

El planteamiento hecho sobre los conceptos de estar implícito y ver más allá nos llevan de vuelta a la pregunta inicial: cuánto texto puede/debe ser citado dentro de un documento.

No es sencillo dar una respuesta a ello. Al consultar directamente con la doctora Catalina Londoño Cadavid sobre este tema, la conclusión fue la misma: no existe una regla escrita al respecto.

¿Quiere decir eso que somos libres de incluir citas dentro de nuestro trabajo sin que exista un límite? Creo que debería ser evidente que no es así (estar implícito), sin embargo, no siempre lo es. Hacer una o varias citas para incluir dentro de un trabajo de investigación está bien, pero ver más allá debería llevarnos a preguntarnos si acaso no estamos haciendo el uso correcto de ellas.

Podemos decir que citar sirve para poder incluir texto de otros autores en el nuestro de forma legal, pero eso es sólo ver lo evidente. Equivale a decir “no me paso el alto para que no me multen” y no “respeto las señales de tránsito para evitar provocar accidentes”. El reto es ver más allá. ¿Cuál es el fin de incluir una cita en el trabajo? Por supuesto, no es ahorrarle trabajo al investigador, ni conseguir una mayor extensión del texto. Se cita para genera conocimiento nuevo a partir del existente, para mostrar el conocimiento previo existente que tiene relación con nuestro planteamiento y para reforzar nuestro punto de vista. Huelga decir (está implícito) que para poder reforzar nuestro punto de vista, primero deberíamos tenerlo.

Y esto está relacionado intrínsecamente con las dos condiciones implícitas que habíamos detectado previamente: pensar y generar.

Si hacemos investigación no es para cumplir con un requisito (no debería serlo), sino para generar nuevo conocimiento, y eso requiere pensar.

El ejercicio de consultar diversas fuentes y recopilar citas que tengan relevancia hace un uso sumamente limitado del proceso de pensar; sí se requiere intelecto, sí se requieren conocimiento, sí se requiere analizar, pero una colección de citas es, cuando más, un compendio, no un producto de investigación.

Le hace falta ver más allá, es decir, generar.

Por lo tanto, la mayor parte del contenido de un trabajo de investigación debería ser aquél en el que se note el trabajo intelectual del autor; el que plantee problemas, respuestas, disyuntivas, propuestas. Está bien decir lo que opina un autor; es mucho mejor decir qué opinamos nosotros sobre el mismo tópico.
Los elementos implícitos de la investigación son pensar y generar; y eso debe ser evidente en un trabajo de investigación, pero la mera inclusión de citas da apenas una mínima evidencia de dichos elementos.
Ver más allá debe orillarnos a encontrar en las citas aquello que no está escrito, a escudriñar, a replantear y, en suma, a crear algo donde alguien más apenas ha puesto los cimientos.

Si tuviera que dar una respuesta concreta a la pregunta ¿cuánto debo citar? Mi respuesta sería “lo mínimo necesario para reforzar tu pensamiento, no para sustituirlo”.

Obras consultadas

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española – edición del tricentenario. Recuperado de http://dle.rae.es/?id=M3a7YOZ


 

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